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Singapur y Lee Kuan Yew: lecciones para una Argentina en crecimiento

Singapur y Lee Kuan Yew: lecciones para una Argentina en crecimiento
Imagen de Joaquin Ojeda
porJoaquin Ojeda
Opinión

La historia de Singapur muestra cómo la apertura económica, la seguridad jurídica y la inversión en capital humano transformaron una pequeña isla sin recursos en una de las economías más prósperas del mundo.

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En 1965, cuando la Guerra Fría vivía sus momentos más intensos, una minúscula isla al sur de la península malaya declaraba su independencia. Tras más de un siglo como colonia británica, y tras haber sufrido la brutal ocupación japonesa durante la Segunda Guerra Mundial, daba sus primeros pasos soberanos la República de Singapur. Comenzaba así uno de los casos de éxito más significativos del siglo XX. Un caso al que, a propósito de la media sanción del acuerdo de libre comercio entre el Mercosur y Singapur, vale la pena prestar atención.

Según datos oficiales, en poco más de sesenta años el PIB per cápita de Singapur pasó de $1.300 a $141.000 dólares, el segundo más alto del mundo. La expectativa de vida subió de 67 a 84 años. Actualmente el nivel de desempleo es casi inexistente, y el 90% de sus residentes son propietarios. Singapur hoy ocupa el puesto 9 del mundo en el Índice de Desarrollo Humano, con un puntaje de 0,949[1]. En resumen, números que cuestan dimensionar en un país como el nuestro, que con mucho sacrificio está saliendo de una larga decadencia.

La pregunta surge inevitablemente: ¿Cómo hizo esta nación de apenas 640 kilómetros cuadrados, sin recursos naturales y rodeada de naciones notablemente más poderosas, para lograr semejante proeza? La respuesta tiene nombre y apellido: Lee Kuan Yew.

En 1959, a sus 35 años, se convirtió en el primer Primer Ministro de Singapur, cuando el Imperio le otorgó a la isla un mayor grado de autonomía, como paso previo a la emancipación. No tardó en poner manos a la obra, sabiendo que heredaba el control de una nación hundida en la pobreza y que los británicos pensaban marcharse y dejarlos librados a su suerte en un mundo hostil.

Lee Kuan Yew.
Lee Kuan Yew.

En 1960, creó la Junta de Vivienda y Desarrollo, con el fin de reemplazar por edificios de departamentos las millones de viviendas precarias que formaban los barrios bajos de la ciudad portuaria. Esto fue complementado poco después por una medida clave que permitió a los trabajadores usar sus ahorros acumulados del Fondo de Previsión Central (un seguro de retiro obligatorio establecido previamente por las autoridades coloniales) para entregar el 20% del pago inicial de una vivienda, y pagar el préstamo hipotecario por el saldo restante mediante cuotas mensuales durante 20 años.

Vale destacar que, a diferencia de sistemas previsionales como el argentino, donde los trabajadores activos actuales pagan las jubilaciones de los trabajadores retirados, el FPC consiste en una cuenta individual compuesta por aportes tanto del empleado como del empleador. Es decir, cada trabajador en sus años laborales va acumulando capital que va generando intereses a lo largo de los años, hasta el momento de jubilarse y poder disponer de lo acumulado.  Esto tiene el objetivo de “evitar trasladar la carga de los costos del bienestar de la generación actual a la próxima generación”, tal cual expresó el mandatario en su autobiografía[2].

Otro de sus aciertos fue la creación de la Junta de Desarrollo Económico en 1961, dedicada a la atracción de inversión extranjera directa concentrada en sectores específicos como desguace y reparación de buques, ingeniería metalúrgica, productos químicos y equipos y aparatos eléctricos. Ofrecían, entre otras cosas, exenciones impositivas y mínima burocracia. Sus agentes trabajaban incansablemente, como si la supervivencia de la nación dependiera de ellos, poniéndose en contacto con empresas de todo el mundo para convencerlas de apostar por Singapur. Algo comparable al objetivo del RIGI del presidente Milei, que busca potenciar inversiones en sectores vitales para la infraestructura y el balance cambiario de nuestro país.

A veces, eran necesarios cuarenta o cincuenta llamados para concertar una visita. Una vez que un potencial inversor aterrizaba, el gobierno hacía todo lo posible por causar una buena primera impresión, al punto de “asegurarse de que los caminos desde el aeropuerto hasta su hotel y hasta mi oficina estuvieran limpios y bien cuidados, bordeados de arbustos y árboles”, según el propio LKY. De esta manera, y sin decir una palabra, los enviados extranjeros sabrían que los singapurenses eran competentes, disciplinados y confiables.

Por otra parte, no existe desarrollo y estabilidad sin el pleno imperio de la ley. En este aspecto, Singapur adoptó inmediatamente una postura pragmática pero contundente a la hora de combatir el crimen, partiendo de un fuerte escepticismo respecto a la teoría, tan popularizada en este hemisferio, de que el delincuente es una víctima de la sociedad.

Puerto de Singapur.
Puerto de Singapur.

Sus disposiciones, que incluyen la pena de muerte para narcotraficantes y castigos corporales a base de bastonazos (caning) para ciertos delitos, no han estado libres de controversias. Su metodología de “mano dura” ha provocado la protesta de numerosos organismos internacionales de derechos humanos, como Amnistía Internacional, a los que LKY siempre ha respondido con firmeza: “sólo me preocupa cómo me juzguen las personas a las que he gobernado.”

A todo esto se le suma un entendimiento elemental del rol que cumple el capital humano para el desarrollo de un país. Singapur no tenía petróleo, tierras fértiles ni minerales. LKY lo entendió rápido: el único activo era su gente, y gracias a ese entendimiento tomó una decisión polémica: imponer el inglés como lengua de trabajo por sobre el mandarín, el malayo y el tamil, porque entendió que conectarse al mundo era más importante que la identidad lingüística. La inversión en educación fue masiva y se implementó un sistema meritocrático que filtraba y potenciaba el talento sin importar su origen étnico o clase social. Hoy Singapur lidera los rankings internacionales de educación.

Esto abrió la puerta a desarrollos sin precedentes para la época. Pongamos por ejemplo el agua potable: Singapur dependía de Malasia para obtener casi toda su agua potable, una vulnerabilidad existencial. Décadas de inversión en desalinización y reciclaje de agua (el programa NEWater) convirtieron esa debilidad en total independencia.

El mismo espíritu de largo plazo impulsó la creación del centro financiero internacional de Singapur. En 1968, LKY envió a su principal asesor económico a Londres a reunirse con un alto ejecutivo del Bank of America. En una sala de reuniones, frente a un gran globo terráqueo, su interlocutor le explicó el problema: los mercados financieros seguían el sol de Zurich a Frankfurt, de Frankfurt a Londres, de Londres a Nueva York y de Nueva York a San Francisco. Cuando San Francisco cerraba, el mundo quedaba cubierto por un velo hasta las nueve de la mañana suiza. "Si ponemos a Singapur en el medio", le dijo, "por primera vez en la historia, tendremos un servicio financiero ininterrumpido durante las veinticuatro horas del día". LKY entendió la oportunidad y actuó de inmediato: abolieron retenciones impositivas sobre depósitos de no residentes y lanzaron el mercado asiático de dólares.

Pero construir un centro financiero internacional no es solo cuestión de incentivos fiscales. Requiere algo más difícil de legislar: reputación. Y la reputación se construye caso por caso, especialmente cuando cuesta construirla. Como decimos en Argentina: la confianza sube en escalera y baja en ascensor. El sistema que LKY edificó era robusto desde su génesis, y esa robustez se probó en momentos incómodos.

A mediados de los años ‘70, Jim Slater, uno de los inversores más reputados de la City londinense, había usado Haw Par Brothers, una empresa listada en la bolsa de Singapur, para drenar activos hacia empresas propias en perjuicio de los accionistas. La pregunta que llegó al escritorio de LKY era políticamente delicada: ¿investigar a un nombre grande de Londres? Su respuesta fue sí, sin dudar. El establishment británico terminó protegiendo a Slater y no lo extraditó, pero Singapur había mandado el mensaje que quería mandar: la ley se cumple sin excepciones.

El mismo principio se aplicó cuando el Bank of Credit and Commerce International, respaldado por casas reales del Golfo y con presencia en 73 países, solicitó licencia bancaria en Singapur. Se la negaron tres veces, incluso cuando el banco movilizó como lobista nada menos que al ex primer ministro Harold Wilson. Cuando el BCCI colapsó en 1991 en el mayor fraude de la historia bancaria, con once mil millones de dólares en reclamaciones de acreedores, Singapur no perdió un centavo. Como escribió LKY, los cimientos del centro financiero fueron "el imperio de la ley, un poder judicial independiente y un gobierno estable, competente y honesto." Cuando en 1997 la crisis financiera asiática devastó monedas y bolsas de toda la región, ningún banco de Singapur flaqueó.

Si pudiéramos reducir a una frase la vida y obra de este verdadero prócer moderno, sería “siempre trato de ser correcto, no políticamente correcto”, palabras dignas de quien entregó su vida entera al servicio de su pueblo, no de la especulación política. Su mayor lección para todos los que queremos un país mejor es clara: hacer las cosas bien tiene su recompensa, y la grandeza le espera a todo aquel que esté dispuesto a mantener el rumbo en los momentos más difíciles.

Hoy Singapur representa una de las economías más dinámicas y avanzadas del mundo, basando su prosperidad en la manufactura de alto valor y en un sector servicios que representa cerca del 75% de su PIB. La manufactura, que aporta entre el 20 y 25% del producto interno bruto, vive un auge impulsado por semiconductores, electrónica para inteligencia artificial y biomedicina, mientras que el comercio mayorista, las finanzas, el transporte marítimo y aéreo, y la logística actúan como pilares fundamentales gracias a su posición estratégica en el sudeste asiático.

El Presidente Milei, que en materia de convicción no tiene nada que envidiarle al líder singapurense, nos ha marcado el camino y los argentinos han dado su voto de confianza. Un compromiso con el superávit fiscal sin precedentes, miles de desregulaciones, y una vocación de apertura comercial, son clara evidencia del afán transformador de este gobierno. Sumemos a esto el Congreso más reformista de la historia argentina, y no hay dudas de que nosotros también podemos, como Singapur, pasar del Tercer Mundo al Primero.


[1] El índice se basa en la medición de tres factores principales: expectativa de vida, nivel de educación, y calidad de vida. Argentina ocupa el puesto 47, Estados Unidos el 17.

[2] From Third World to First: The Singapore Story: 1965-2000


Temas:

SingapurLee Kuan Yewcrecimientoapertura económica

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