En la plaza pública de los consensos vacíos, pocos estandartes ondean con tanta unanimidad como el de Wilson Ferreira Aldunate. Basta con nombrarlo para que aflore la reverencia automática: símbolo de la resistencia, abanderado de la libertad, mártir de la democracia. Pero, como suele pasar en esta república de mitos subsidiados, conviene leer la letra chica de las biografías antes de colocarlas en el bronce.
Su ideario era el de un estatista ilustrado con pretensiones de redentor social. Su proyecto de país, lejos de limitar el poder político, aspiraba a ampliarlo en nombre del "bien común": reforma agraria, expansión del Estado de bienestar y una política industrial inspirada, más en Evita que en Adam Smith.
La reforma agraria que promovía no implicaba devolver la tierra a legítimos propietarios, sino expropiarla para redistribuirla en base a criterios políticos. El sueño wilsonista era el de un Estado agrimensor y tutor, que repartiera parcelas como si repartiera estampitas, en nombre de una justicia social que nunca explicó cómo financiaría.
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Su visión del Estado de bienestar tampoco fue minimalista. Más bien, pretendía reforzarlo. Wilson creía en un Estado paternal que garantizara vivienda, salud, empleo y felicidad, como si eso fuera una función legítima del poder político y no una excusa para entrometerse en todas las esferas de la vida privada.








